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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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31 Mayo 2020 04:00:00
¡Muera la inteligencia!
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Al comentar con quien esto escribe los drásticos recortes presupuestales a los centros de investigación, Jean Meyer, pilar del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE), recordó la muerte de Antoine Laurent de Lavoisier, padre de la química moderna, guillotinado en mayo de 1794 en la Plaza de la Concordia por una radicalizada Revolución Francesa.

Antes de condenarlo, el juez de la causa, después de escuchar los alegatos en favor del científico, pronunció una frase que pasó a la historia: “La República no necesita ni de científicos ni de matemáticos”.

Otros han traído a colación la frase atribuida al general franquista José Millán-Astray en la Universidad de Salamanca: “¡Muera la inteligencia!”, a la que, se dice, Miguel de Unamuno respondió: “Venceréis, pero no convenceréis”.

Quién sabe si ambas expresiones sean aplicables a la situación de México después de la decisión del Gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador de colocar en los límites de una precaria supervivencia a prestigiosas instituciones docentes y de investigación, como el propio CIDE, el Instituto Mora y el Centro de Investigación y de Estudios Avanzados del Instituto Politécnico Nacional (Cinvestav).

Resulta arriesgado afirmar que la situación actual merezca las palabras antes citadas, pero resulta indudable que la mejor apuesta de México para el futuro es la de la educación y la investigación científica, y los recortes presupuestales son un paso atrás.

La supresión de becas a alumnos de pocos recursos en esas instituciones, una de las consecuencias inmediatas de la medida, clausura el camino de la superación a cientos de jóvenes y desmiente el eslogan “primero los pobres”, una de las principales banderas de la cuarta transformación.

Hace años, una de las preocupaciones de México era lo que se llamó “la fuga de cerebros”, es decir, el empobrecimiento de la ciencia y la docencia en el país por la gran cantidad de estudiantes que emigraban al extranjero para cursar maestrías y doctorados, muchos de los cuales no regresaban.

Ahora se actúa al contrario. Las instituciones educativas mejor calificadas, faltas de recursos, probablemente empobrezcan la calidad de sus enseñanzas por la emigración de sus catedráticos hacia universidades privadas. Y esto, por desgracia, no es profecía, es una realidad, algo que ya está ocurriendo.

La ansiada reducción de la brecha existente entre ricos y pobres, otro de los plausibles anhelos de la cuarta transformación, se ensanchará con los recortes presupuestales, pues quienes tengan posibilidades enviarán a sus hijos a universidades privadas o a universidades extranjeras, lo cual impermeabilizará la ya de por sí poco porosa capa que permite la permeabilidad social y económica a través de la educación para quienes nacieron en situación desventajosa.

En otras palabras, la preparación educativa de mejor calidad se volverá exclusiva para los hijos de familias adineradas, mientras que millones de muchachos carentes de recursos económicos verán reducirse sus oportunidades de competir y superarse.

El Gobierno alega que se ve orillado a tomar estas medidas a causa de la pandemia del coronavirus. Si eso no es un pretexto sino una realidad, el Covid-19 no solamente nos costará muchas vidas y dará al traste con la economía. También clausurará el porvenir a toda una generación de mexicanos. ¿Acaso será más importante el Tren Maya que el destino de una generación de compatriotas?
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