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[Saltillo]

El Ejército de un solo hombre

José Quiroz viste de corbata, saco y un quepí, así recauda dinero para los más de 50 niños del Ejército de Salvación

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El Ejército de un solo hombre
Foto: Zócalo | Cluadia Olinda Morán
Saltillo, Coah.- José Quiroz Rocha tiene 56 años, más de la mitad de su vida se la ha pasado parado en los cruceros con un bote de colecta en la mano. Es el único soldado del Ejército de Salvación que tiene como campo de batalla las calles de la ciudad.

Usa camisa, pantalón de vestir y corbata; porta una gorra del Ejército de Salvación, lentes oscuros, hace reverencias casi teatrales y saludos a los automovilistas.

Con todo y que es un personaje urbano más, hay quienes aún dudan de si la colecta en verdad beneficia a los más de 50 niños del albergue infantil y así es. Aunque los chicos solo salen en la temporada decembrina a cantar villancicos en los centros comerciales, él se mantiene en las calles sosteniendo el bote de la colecta cerrado con un candado.



El director de la casa hogar, capitán Israel Martínez, renueva cada 15 días el permiso municipal para que pueda hacer la colecta y evitar que se lo lleve la policía.

José Quiroz llegó a Saltillo trepado en el colchón que trasladaban en una camioneta, tenía 12 años y dejaba a su familia atrás; enfermo al grado de no poder caminar, se quedó en la casa de unos parientes.

Su familia, siete hermanos y sus padres, originaria de una comunidad de campo en Zacatecas, apenas tenía para comer en los mejores tiempos frijoles con gorgojos, elotes pasados y un molcajete de chile cascabel que nomás pintaba las tortillas.


Una colección para mostrar

Ahora en su casa es el general, se sienta en la cabecera, con su esposa a la izquierda y a la derecha la silla para la visita. Pasó por una separación, un divorcio que le costó criar a su hijo en la casa hogar del Ejército de Salvación enclavado ahora en la calle Nogal 133 de la colonia Del Valle. Después conoció a su actual pareja María Guadalupe Cervantes Arriaga, una mujer que sabía de su voluntariado desde el inicio, que le acompaña y plancha sus camisas y sus corbatas.

Y si bien las “recaídas de cuerpo” lo llevaron a tener problemas para caminar, y los doctores lo declararon sin remedio, por lo que incluso sus padres pensaron que fallecería, ahora recorre a paso veloz las filas de hasta 15 autos para pedir unas monedas para la casa hogar.

Usa corbata siempre, porque así, dice, conserva su dignidad en la vía pública. Abraza su colección para mostrarla, todas se las han regalado al igual que los zapatos y la ropa que viste.



“Hay que andar limpios y presentables, que la persona que te coopere lo haga con gusto, por eso sonrío, saludo, estoy limpio y presentable, y alegre”.


José Quiroz duerme tranquilo, no recuerda lo que sueña, disfruta igual unos frijoles charros que el pollo Kentucky, si pudiera desear algo, le gustaría conocer Acapulco; nunca ha tomado vacaciones ni viajado más que aquel recorrido de poco más de 200 kilómetros que lo llevaron de Melchor Ocampo, Zacatecas, a Concha del Oro y luego aquí, a botear en las calles de Saltillo, ahora por los hijos de alguien más.



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